Rafael Castaño
– ¿Entonces sos abogado?
-No. Yo hice todas las materias. incluso vi las de trabajo de grado, pero en ese tiempo me había metido a unos talleres de arte y al final dejé el derecho.
Así empezaba a responder una pregunta en la que la conclusión de Rafael era “Los juguetes me salvaron la vida”, y que remató con una sonrisa.
A él lo encontramos en un taller que se esconde tras una puerta roja, rodeada de flores; queda en los límites del centro, por el barrio El Perpetuo Socorro, y es el lugar donde funcionó el museo del juguete. Un proyecto que inició cuando encontró un carrito que había tenido en su infancia, y que se convirtió en el primer paso para darle rienda suelta a su afición de coleccionista.
Al entrar al taller se ven muchas cosas, todo parece sacado de un libro o una película. Hay juguetes de todos los tamaños, artefactos que parece que harán parte de una invención extraordinaria. Del techo cuelgan aves, animales con grandes alas y formas mitológicas, barcos hechos para navegar el cielo; todo parece sacado de un libro de Julio Verne, y en medio de ese orden peculiar y bajo la luz que se cuela por un resquicio del techo sonríe su creador.
Rafael dice que es disciplinado y puntual, casi siempre está en su taller y los domingos aprovecha para ir al centro y buscar en los mercados de objetos de segunda, tesoros que rescatar que integrarán una de sus colecciones o volverán a la vida en sus manos.
Es casi impensable que hoy alguien pueda vivir de hacer juguetes, pero él lo ha hecho. Con su ingenio construye objetos que solo se encuentran en el mundo de los sueños.




