Elkin Obregón
Por la ventana del segundo piso sale una mano muy blanca y nos arroja las llaves de la casa; después, Elkin nos diría que no sale de ahí más que para lo necesario, una explicación simple a ese gesto de confianza con unos extraños.
Vive en una casa grande cerca de la Av. Oriental. El lugar era de sus padres y es una edificación casi inmaculada en su estilo tradicional, con sus habitaciones conectadas, la cocina abierta y una ducha a cielo abierto en el patio.
Le construyeron un zarzo, que funcionaba como sala de estudio para Elkin y sus hermanos; ese espacio hoy es su guarida. Allí tiene todo lo que necesita: es sala de lectura y de trabajo, comedor; allí pintaba. Allí ve televisión y recibe a las visitas.
Atribuye su encierro a un desencanto general por la ciudad y especialmente por el centro. Para Elkin, este espacio perdió todo lo que lo hacía interesante. La casa es su refugio en medio de un entorno que para él ahora es hostil. Como escritor, caricaturista y traductor, uno pensaría que es alguien que necesita estar en constante contacto con el mundo; es difícil imaginarlo encerrado, pero es la vida que le gusta, entre los libros, los pinceles, los colores y las películas.
Es fascinante escucharlo hablar del pasado: de los cines del centro, las librerías, los cafés y las tertulias. De un pasado irrecuperable y un presente ajeno.
Por la ventana del segundo piso sale una mano muy blanca y nos arroja las llaves de la casa, después Elkin nos diría que no sale de ahí más que para lo necesario, una explicación simple a ese gesto de confianza con unos extraños.
Vive en una casa grande cerca a la Av. Oriental. El lugar era de sus padres, y es una edificación casi inmaculada en su estilo tradicional, con sus habitaciones conectadas, la cocina abierta y una ducha a cielo abierto en el patio.
Le construyeron un zarzo, que funcionaba como sala de estudio para Elkin y sus hermanos; ese espacio hoy es su guarida. Allí tiene todo lo que necesita, es sala de lectura y de trabajo, comedor; allí pintaba. Allí ve televisión y recibe a las visitas.
Atribuye su encierro a un desencanto general por la ciudad y especialmente por el centro. Para Elkin este espacio perdió todo lo que lo hacía interesante. La casa es su refugio en medio de un entorno que para él ahora es hostil. Como escritor, caricaturista y traductor, uno pensaría que es alguien que necesita estar en constante contacto con el mundo, es difícil imaginarlo encerrado, pero es la vida que le gusta, entre los libros, los pinceles, los colores y las películas.
Es fascinante escucharlo hablar del pasado, de los cines del centro, las librerías, los cafés y las tertulias. De un pasado irrecuperable y un presente ajeno.






Vinci Andrés Belalcázar