Jorge Uribe
Contra un fondo azul cielo se levanta un enorme guayacán amarillo, hacia el camina una mujer que le da la espalda al público y de la cual vemos su cabello trenzado, es Ethel Keesler Gilmour, la razón y la causa por la que conocimos a Don Jorge Uribe.
A él necesariamente hay que decirle Don, porque es como uno de esos caballeros antiguos, de voz calmada, atento, cabello blanco y trenzado, que ahora camina lento apoyado en un bastón. Es arquitecto de profesión, pintor y fotógrafo; vive en un apartamento frente al Parque Bolívar.
Entrar en su casa es conocer el paraíso privado que construyó junto a su esposa, un universo con cielos azules, aves; un cuadro de Ethel donde él habita, testigo de sus sentimientos y guardián de su memoria.
La edad lo ha reducido a estar más tiempo en casa, desde donde contempla la ciudad por un ancho ventanal y continúa llenado de arte la sorprendente galería en que ha convertido su hogar.
Le gustan mucho los animales, todos los días pinta y cuenta que le dicen que su arte es ambiguo. Fue testigo de la violencia del narcotráfico, de como las cosas se pusieron mal. Él y su esposa lo denunciaron a través de su arte.
Pasó toda su vida en el centro y reconoce que este territorio ha cambiado. Y que en ese cambio hay muchas cosas que no le gustan. No se va porque no se siente con la fuerza suficiente, son tantos los objetos y recuerdos en su casa que irse sería un proceso caótico y doloroso de desarraigo.
Por eso se queda, acompañado por la presencia reinante de su esposa. En la biblioteca los vemos abrazados en un foto recortada y puesta encima de un cuadro, una entrada a esa vida juntos; el recuerdo de un amor que hizo que ella viniera desde Estados Unidos y se quedará a reconocer, en las manifestaciones de nuestra cultura y en el dolor de la guerra, un pueblo que se vio reflejado en su arte. Los dos, a su modo, son un ejemplo de resistencia contra la guerra, contra el dolor y el olvido.




