Él mismo se define como “paquidermo” y si bien es grueso y de paso lento, recorre el mundo de las letras y las palabras con bastante agilidad, siempre con asombro de encontrar en ellas su propio rumbo. Las palabras lo envuelven y lo movilizan, al igual que el escritor Elias Cannetti, le dan esperanza.  En los últimos años, Carlos Ciro Velásquez se ha dedicado a compartir lecturas, leer poemas y escuchar  a los asistentes de la Corporación Cultural La Bisagra ubicada en Maracaibo entre Junín y Sucre. La verdad es que desde su nacimiento en la Clínica León XIII cuando fue llevado en brazos a una casa en Prado centro, poco se ha movido del centro de la ciudad.

“Me muevo lo menos posible, evito alejarme de la zona y me gusta llegar rápido. Del centro me gusta el caos pero no el bullicio, me gusta la agitación pero no el calor, me gusta el anonimato que posibilita esa confluencia de gente. Aunque por todas partes hay gente conocida, hay más posibilidades de pasar como un desconocido cualquiera”.

Para bien o para mal de Ciro, él no es un hombre desconocido en el Centro de la ciudad. Pasar desapercibido no le funciona y más cuando tiene  en su interior  la fuerza para guiar a los otros a través de las palabras, aun así él se sabe un ser desposeído y tranquilo, y  son estas cualidades las que le han permitido habitar las luces y las sombras de esta Medellín tan diversa y muchas veces inaprensible. “Quién está tranquilo en el Centro es quien se siente desposeído, no le importa si algo se le pierde o se lo quitan, no siente que se ensucie, no siente que pierda algo de sí”.