El bálsamo

Erasmo es un campesino de la vereda El Bálsamo en el departamento de Bolívar, Colombia. Nació el 11 de enero de 1958, tiene 58 años y 5 hijos. El Bálsamo es una tierra árida y difícil de andar, no sólo por la presencia constante del sol y la ausencia del agua, sino por los espacios abandonados que ha dejado la violencia en el paisaje. Hay muy poco verde, mucha tierra amarilla y hormigas que como mares se apropian del espacio, caminan, se mueven. Desde que era pequeño,Erasmo ha visto esa tierra, los distintos colores y plantas que de ella han brotado. Él siente a su terreno maltratado y sueña que pronto de su tierra pueda salir agua y pasto, mucho pasto para tener crías de ganado bovino, cerdos, gallinas y un riachuelo con ranas y peces.

Erasmo disfruta hacer diferentes actividades. A él le gusta “ser organizado y trabajar con técnica”, ríe mucho y dice que goza viviendo en el campo. En sus tiempos libres y cuando cultiva le canta a la tierra, la consiente y le improvisa versos de amor, de dolor, de lo que siente cada día. A él también le gusta inventar herramientas y utensilios para su trabajo y para el hogar. Lo que más disfruta en la vida es observar y sentir en sus manos la naturaleza, admirar la belleza de las mujeres y de vez en cuando, especialmente cuando hay clima fresco, le gusta tomarse unos tragos.

Para Erasmo, los aprendizajes que ha tenido en la vida, están llenos de la presencia de su mamá, una mujer dulce y fuerte, que desde que era pequeño lo asombraba porque siempre encontraba comida para alimentarlo a él y a sus once hermanos. Al verla entregando tanto amor, la responsabilidad y solidaridad fueron valores que se ataron como raíces espesas a su vida. De su mamá también aprendió muchas cosas prácticas como a “querer a los hijos y a ciertos animales que pueden ser difíciles de criar como las gallinas”. Por otro lado, recuerda a su padre como un hombre duro, del cual adquirió la experiencia de labrar la tierra y el conocimiento de un universo práctico en el que se desdibujan los límites entre lo físico, lo natural y lo místico. Erasmo entiende a su territorio como parte de sí mismo, como si cuando hubiese nacido, su madre hubiese parido también esa parcela, ese pasto, ese chorrito de agua, ese cielo. Para poder trabajar el campo, uno tiene que sentirlo, “conocer los ciclos de la luna, lidiar con las vacas, las mulas y los cerdos, conocer y recoger todas las semillitas que salen por ahí, en cualquier rinconcito”.

La vida en el campo para Erasmo no sólo se trata del cultivo y de los animales sino también de los hijos. Él quiere que ellos aprendan muchas cosas, por esa razón se ha dedicado a enseñarles por igual a: “hacer un arroz con ajo, unas sopas variaditas con hueso, el famoso guiso de gallina, a preparar la yuca y el ñame, entre todo eso también a ser respetuosos, el conocimiento de la siembra y el cuidado de los cultivos”. Él ve representado su trabajo como padre y como agricultor en la mesa, porque algo que le gusta hacer a Erasmo es comer, pero comer en abundancia, especialmente cuando se trata de pescado en viuda con yuca cocida, de mazamorra de maíz verde, de dulce de leche y de chicha.

Pero hay algo más que define la existencia de Erasmo como sujeto en el mundo y ese algo es la cacería. Desde que era niño sintió ese impulso, esa necesidad animal que le pasó su padre en la sangre. La cacería para Erasmo no se define, pero está ahí con su espíritu y con el espíritu de muchas personas de su región, ya que es practicada por muchos hombres y algunas mujeres. Esta actividad determina la forma en la que se entiende y se recorre el espacio, también la historia de los individuos, de los animales y de las familias. Todos vivos, todos cazados, todos amputados de alguna forma por el acto mismo de existir. “Hubo un tiempo en el que la cacería disminuyó mucho, pero cuando empezaron los desplazamientos y la violencia en la región, la cacería se convirtió en la fuente de subsistencia para muchas personas, porque uno se movía sin nada, uno estaba con una mano adelante y la otra atrás”.

Antes la cacería se trataba de diversión, respeto, maestría y buena ejecución.Ahora es eso, y también la necesidad y el desespero. Pero fuera de la subsistencia y la violencia, para Erasmo la cacería es algo maravilloso que implica mucho respeto y fortaleza de espíritu, porque de ninguna forma la carne se puede corromper y solo se corrompe cuando se le da mala muerte al animal, se hace de forma equivocada o cuando la persona está débil de espíritu y contagia a la naturaleza de ese mal.

Para hacer una buena cacería hay muchas técnicas que se pueden implementar.Porun lado está la cacería diurna que se practica en grupo, de la cual Erasmo no es un gran admirador, y por el otro la cacería nocturna, la cual se practica individualmente con la ayuda de una linterna. Bajo ninguna circunstancia la cacería es una actividad azarosa, esta debe realizarse con perfecta sincronía. Erasmo siempre piensa antes de cazar en qué parte del monte debe buscar el animal y con qué herramientas se va a ayudar.

Dentro de la cacería los perros cumplen un papel fundamental y cada uno de ellos tiene una característica y un gusto en particular. Para Erasmo, los perros son en cierta medida como los hombres: “hay unos que les gusta el saíno, otros el venado y a otros que les gusta todo”. Estos actúan desde la experiencia y desarrollan sus gustos. Desde que los perros están pequeños se empiezan a llevar de cacería y cuando se caza el animal entonces se les da una porción de esa carne. Ellos la huelen, todos sus sentidos se disparan y la engullen siempre queriendo más. La adicción por la carne es tal que el perro, al igual que el humano, anhela y lucha por alcanzar ese premio que está ahí escondido entre la espesura del bosque. El perro como el humano, con los años se va volviendo un mejor cazador, porque predice a su presa, porque entiende como funciona la muerte. Los perros como los hombres también se extravían y de alguna forma pierden sus sentidos, se dejan llevar por el miedo y, cuando esto sucede, entonces hay que curar el vicio y sacar la corrupción. La forma de curar al perro del miedo según Erasmo, es dándole un remedio que se hace con la raíz del árbol cachito: esta se muele y se le da en la comida sin que el perro se dé cuenta y en pocos momentos quedará aliviado para volver a cazar. Pero en el humano, no hay remedio que valga si este no reconoce su mal. Cuando la persona entiende la enfermedad, entonces la cacería vuelve a ser útil y no es por el hecho de que el hombre vuelve a ingerir la proteína y los nutrientes del animal sino porque las partes del animal muerto pueden ayudar a sanar.

Cuando una persona tiene asma entonces se utiliza la manteca del armadillo, el cacho de venado para el pasmo[1] y la guartinaja para hacer una contra para el veneno de la serpiente.

Pero para Erasmo ni siquiera la cacería puede recompensar el dolor de sus pérdidas, porque aunque ayuda a moldear el espíritu, “hay algo en esta tierra que pervierte, porque no es posible tanto dolor, tanto sufrimiento que ha visto recorrer la vereda El Bálsamo”.

Este es un homenaje al talante y fortaleza de Erasmo que representa a los campesinos de los Montes de María y al trabajo de Adriana Bonfante de la Fundación Semana y a Klaudia Cárdenas, amiga e investigadora  del proyecto “Historías junto al fogón” desarrollado en el 2015.

[1] Cuando una persona se tulle* o se encalambra.

 

 

 

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